miércoles, 15 de octubre de 2008

Todavía existen


Tienen pelos en todo el cuerpo, me molestan todo el día y siempre llega el punto en el que no me dejan pensar. Odio a las moscas. Me acuerdo que cuando era más chica mi tío Abel me contó que pueden saborear lo que pisan y, si les gusta, bajan la boca y lo succionan.
Hace mucho calor. La abuela decidió que comamos afuera porque el horno en que se convirtió la cocina es inhabitable. Los domingos en el campo cada vez me resultan más molestos. El paisaje es el mismo una y otra vez: mamá está cortando rodajas de pan mientras tapa las ensaladas evitando que las moscas las devoren, la tía Silvia está sentada en una silla, fumando un cigarrillo y quejándose de que tiene los dedos hinchados y la tía Liliana, siempre obsesionada con los gérmenes, sigue repasando los vasos y los cubiertos y realiza inútiles esfuerzos con el repasador para interrumpir el vuelo de los peludos insectos. El resto está afuera: los más chicos juegan a la pelota o corren las gallinas y los más grandes estamos sentados a la mesa comiendo maní con cáscara y papas fritas para mantenernos despiertos mientras esperamos que se haga el asado. Todavía no entienden que si nos acostamos a las ocho es un crimen levantarnos a las once para ir al campo. Papá y los tíos están con el abuelo cerca del fuego y estoy casi segura de que deben estar hablando de cuánto midió la lluvia del viernes.
Por fin papá nos avisa que el asado ya está. Nos sentamos en la mesa del corredor, donde circula un poco de aire. Siempre pasa lo mismo, traen todas las cosas juntas y de tanta comida al final termino comiendo casi nada. Después de que desaparecen los chorizos la pelea siempre se inicia por las costillas. El sol las muestra crocantes y sabrosas haciendo que nadie pueda resistir a la tentación. Tengo las manos engrasadas y pegoteadas y la cara toda manchada y brillosa. Hay dos moscas posadas en mi hombro izquierdo. Las odio. Son gordas y caminan lento con sus patas acolchonadas y pegajosas sobre mi piel. Seguramente ellas también deben haber probado las costillas. Me sacudo para espantarlas pero las moscas siguen ahí, firmes, pesadas, asquerosas y repugnantes. Como siempre, mi tío Abel está cerca para salvarme y con un fresco y delicado soplido logra alejarlas. Él siempre me dice que soy su sobrina preferida. A pesar de que cada vez hace más calor se me erizaron los pelos de los brazos y siento un poco de frío en el cuello.
Ya estoy llena y de mal humor, tengo sueño y la panza hinchada. Me pican los pies y no necesito mirar qué hay debajo de la mesa porque sé que la maldita costumbre de poner un balde debajo de la mesa para tirar los restos nunca se va a acabar. Es un asco ver los huesos, la grasa y las moscas. Aparte de ser sucio, me da miedo. Las moscas siempre son atraídas por los animales muertos y me imagino a mí tirada en una cama, desnuda y repleta de moscas que me succionan la sangre. Deseo que algún día dejen de existir.
La abuela trae la ensalada de frutas. Sorprendentemente la tía Silvia toma las compoteras y se dispone a servir. Si mis ojos no me engañan tiene quince pulseras plateadas en el brazo derecho y unos siete anillos, plateados, dorados y con piedras, repartidos en cuatro dedos. Le quedan horribles, solo a ella le pueden gustar. Mamá sonríe al escuchar los comentarios acerca de lo rica que está la ensalada, tengo que reconocer que el ananá que le pedí que no pusiera casi ni se nota. Mi primo Santi se ríe del tío Abel, siempre que toma vino se le tiñen los dientes, pero no como a todo el mundo sino que se le ponen muy oscuros. Detesto que tome vino porque después tengo que dormir la siesta con ese olor que me repugna.
Parece que las moscas están llenas porque hace rato que ninguna vuela sobre la mesa, tal vez, le tengan miedo a los flashes. Mamá y papá sonríen y se abrazan para la foto. Todos nos reímos de los comentarios ridículos y graciosos que hace papá. A mi me hace bien ver cómo se le llenan los ojos de lágrimas al abuelo cuando estamos todos juntos en el campo, dice que le emociona ver cómo crecimos sus quince nietos. Menos mal que la mala onda que siempre hay entre la tía Silvia y el tío Abel nunca arruina ese momento. Yo no entiendo porqué siguen juntos, me cuesta creer que en algún momento se querían y eran felices. Son cerca de las tres, es la hora de la siesta. Ayudo a juntar la mesa y después me voy a uno de los cuartos. Siempre elijo el mismo porque me da miedo que pase algo que lo ponga mal al abuelo. Es el cuarto en el que dormían mamá y la tía Liliana cuando eran chicas. Hay fotos de la comunión de mamá y una sola de su viaje de egresados a Bariloche que me encanta. Los postigos de las ventanas están cerrados. El calor sigue siendo insoportable así que corro todas las sábanas para acostarme. Seguro me duermo enseguida porque tengo mucho sueño. Igual estoy segura de que en un rato va a venir el tío Abel a traer el espiral que ahuyenta a las moscas y a los mosquitos y me va a despertar con su sonrisa violeta por el vino. Hoy no será la excepción, las moscas todavía existen y yo, casi desde que tengo memoria, sigo siendo la sobrina preferida del tío Abel.