En un cuarto pequeño, de paredes de cemento mal pintadas, una mujer entró y se sentó al lado de otra mujer, que ya estaba anteriormente. Ambas observaron los últimos rayos de sol que entraban de la ventana, contemplando como el cuarto se sumergía lentamente en la oscuridad.
- ¿María Claudia? - preguntó la mujer que acababa de entrar, tratando de adivinar el rostro.
- Si – respondió la mujer sentada mirando el piso – ¿Cómo andas, Clarita?
- Sobreviviendo – respondió María Clara con un tono sarcástico.
Luego de unos minutos sin hablar, María Clara rompió el silencio.
- ¿Por qué estas acá?
- Lo mismo de siempre – dijo María Claudia todavía mirando al piso - ¿Vos qué haces acá?
- También, lo mismo de siempre, una mierda ¿no?
María Claudia no respondió, siguió mirando el piso, parecía buscar algo que sabía de antemano que no iba a encontrar.
- Hablá, Claudia.
- No puedo, estoy bloqueada por los signos y las dudas – dijo María Claudia, siguiendo con su dedo índice los surcos de las baldosas.
- ¿Sabes donde está el resto?
- No, es posible que hayan extraviado la brújula.
- No entiendo, hablá claro che ¿Sabés donde está tu novio, por lo menos?
- Allá en el sur del alma.
- Te estoy hablando en serio.
- Desconcertados, sordos.
- Basta – dijo María Clara – si no querés hablar, no digas nada.
- No tengo ganas de hablar, por mí que me arranquen la lengua los ratones.
- ¿Podés parar un poco?
- ¿De hablar? Bueno – replicó María Claudia haciendo garabatos imaginarios en el piso.
Las dos escucharon pasos de afuera y se callaron de repente. Luego de que los pasos se alejaron, continuaron.
- Me siento como el oasis en los espejismos – dijo María Claudia.
- Cállate – dijo María Clara con un tono áspero.
El silencio sobrevino con la noche, pero no duró demasiado.
- Estoy cansada, Clara.
- Yo también – dijo Maria Clara, mientras su voz se resquebrajaba.
María Claudia levantó la cabeza y dirigió sus ojos hacia donde estaba María Clara. Esta no resistió la mirada de María Claudia y comenzó a llorar. María Claudia la abrazó fuerte.
- Tenes el cuerpo helado – dijo María Claudia
- Tengo frío, entre otras cosas.
- Te quiero, Clarita.
- Yo también te quiero, Claudia.
Ambas se quedaron en silencio. Ya entrada la noche, dos hombres entraron al cuarto.
- Creo que me toca – dijo María Clara
- Esta noche no termina más – dijo Maria Claudia resignada.
- No, no termina más.
Maria Clara se levantó y se fue del cuarto en compañía de los dos hombres. Maria Claudia, sola en ese cuarto pequeño, de paredes de cemento mal pintadas, entró en un profundo llanto.