La luna nueva trajo demonios disfrazados de dioses. El mar vomitó bestias salvajes, vomitó a la divina providencia. Un nuevo orden. Y allí se encontraba Juana con su familia. Una familia de divinidades fantásticas, de lenguas magníficas y trabalenguas irrepetibles. De travesuras exóticas y costumbres divertidas. De juegos místicos y danzas extrañas. De rituales únicos y colores mágicos. En esa tierra bendita y maldita a la vez. Las nuevas formas hicieron que la pequeña Juana sintiera rechazo al sueño. Sentía que la rutina de la noche y el sueño la esclavizaban, a ella y a toda su familia. Pero la noche siempre llegaba y la hora de dormir con ella. Los falsos dioses le enseñaron tenerle miedo a la noche, miedo a dormir en el lugar que le dieron. La escasa dignidad de la raza, un lugar inmerso en la oscuridad. Un espacio vacío que se llenó de sensaciones y delirios. Allí el mito y la realidad se fusionaron. Allí el sol no ingresó, solo el frío desnudo junto al olor pútrido de las almas en descomposición y la sangre humillada. Allí solo se escuchó el silencio de su familia amordazada. Y en ese rincón, pequeño, envuelto en misterio y paredes de piedra, se encontraba su mayor recelo. Se materializaba el temor de lo que no conocía, de lo que no predecía, de lo que no controlaba. Una esfinge agazapada yacía ahí todas las noches. Mujer alta de brazos extendidos, de ropas y collares raros. Intocable, inalcanzable. Mito de piel blanca, pálida, de labios sangrientos. Carne de madera. Todas las noches, la esfinge la observaba fijamente, amenazándola. Sin parpadear, esperando que Juana cerrara los ojos y se durmiera. Esperando que se perdiera en pesadillas de látigos y ataduras, que los demonios vinieran a encubrir a su familia. Agazapada, maldita, esperando apoderarse de Juana.
La luna completaba sus fases mientras Juana soportaba y maduraba. Desde su pequeño lugar observó a su familia derramar ríos de estaño y cobre, de sudor y sangre. Pasadas las noches, Juana advirtió que los dioses no eran dioses, sino demonios vestidos de divinidades paganas. En los arranques violentos de cualquier nacimiento, la esfinge estaba en todas partes. Presente en todos los minerales religiosos y en las extracciones de rituales metálicos. Juana cerraba los ojos, distraía la mirada, quería escapar de ella pero siempre aparecía. Siempre. Juana se sentía aún incapaz de cambiar esa situación, la de ella, la de su familia.
Y en la plenitud, el coraje. Fue una noche de luna llena que Juana entendió que la esfinge debía ser vencida. En la oscuridad de su cuarto, de la noche, temerosa de las consecuencias, Juana se acerco a la esfinge. Angustiada, insegura, Juana toco eso muerto desde el principio. No había nada más que un mito de madera pintada. Juana lloró, lloró desconsolada. Lloró por ella y por su familia, por toda su familia. Y rompió. Sus manos desnudas se mancharon de furia, se cortaron, se astillaron de sangre. La esfinge muerta, despedazada, todavía miraba a Juana. Le dijo que no iba a irse sin resistir, que nada solucionaba con destruir una imagen simbólica. Le dijo que el espanto no se iría. En ese cuarto, cada vez más pequeño para Juana, la esfinge se convirtió en destellos. Vestigios de opresión.