“Nadie puede escapar de la tormenta”. A Héctor le habían dicho de chiquito, es lo único que se acuerda de la infancia, su abuelo le repetía todo el tiempo. Esas arrugas no vinieron solas. Capaz porque era pobre y tuvo que hacerse de abajo para poder sostener la familia. Techo de chapa y piso de tierra. Sobraba la miseria y faltaba la comida. Ya era difícil, en ese entonces, para el abuelo y cuando venia la tormenta pisoteaba lo que encontraba a su paso. El viento y el frío soplaban en los precarios asentamientos, de velas y ladrillos de adobe, la lluvia se llevaba la escasa dignidad de su familia. El abuelo tuvo que pasar tiempos difíciles. A Héctor por suerte no le tocó vivir nada de eso. Era la tercera generación de una familia ya acomodada en los suburbios de la gran ciudad. Clase media con ganas de seguir subiendo. Casas bajas y muchos árboles. Perfume de yuyos y de alfalfa, decía Homero en un dos por cuatro. De las lluvias el olor a tierra mojada era inconfundible. De noche se dormía y el barrio moría.
El pequeño Héctor jugaba en la vereda con el resto de la banda. Trepaban árboles, saltaban casas, jugaban al fútbol con pelotas de media y ratas de alcantarillas. En el terraplén las bicis se deslizaban con algarabía. Todos los mediodias la vieja le pegaba el grito para que fuera a almorzar, con mucha suerte le tocaba ravioles y el olor a tuco con estofado siempre lo sedujo. Con un poco de esfuerzo el pequeño Héctor sería la luz de la familia. No le sobraba nada a la familia, pero tampoco le faltaba. El pequeño Héctor sentía que los suburbios le quedaban chico y que debería ir con su familia a uno de esos barrios utópicos como los que veía en la tele. Cabeza dura, le decía la vieja.
El mediano Héctor era rebelde. Salía de noche sin avisar, volvía a cualquier hora. Ya para ese entonces le había encontrado gusto al vino, a la marihuana y algún que otro cigarrillo. Ni la vieja ni el viejo sabían ponerle límites. El mediano Héctor odiaba a ese barrio de lúmpenes. El mediano Héctor se había quedado con la imagen del pequeño Héctor, pero a eso le sumó hormonas, descontento e impotencia. El mediano Héctor era contradictorio. Quería a la vieja pero había veces que no la soportaba, al viejo ya ni le hablaba. Solo estaba en su casa para comer algo, y ver tele, su única satisfacción dentro de lo que él consideraba una pocilga. La banda del pequeño Héctor había sido reducida. Muchos en la cárcel, algunos muertos. Los que quedaron vivos ya no jugaban con pelotas de media. Cuando el mediano Héctor creía que el mundo era suyo, conoció al Yuyo y al Pelado, y supo que había más en este mundo que asaltos de poca monta y noches de borrachera. Aprendió donde estaba el poder. De una cuarenta y cinco pasó a una nueve milímetros. De la marihuana a la cocaína. Se vistió con un poco mas de plata, y en el barrio ya se sabía en que andaba. Ahí se conocían todos. También sabían del Yuyo y del Pelado. A los de afuera se los junaba en seguida. Los viejos ya ni le hablaban, les daba vergüenza ver a su mediano Héctor hecho como estaba. Cuando él fue el único vivo de la banda, y el repudio del barrio colmo su paciencia, el mediano Héctor decidió probar suerte en la gran ciudad. Siempre creyó que el suburbio le quedaba chico. No se despidió de ni del verdulero de la esquina.
Con el Yuyo y el Pelado todo parecía la gloria. El mediano Héctor vio que había algo más que el suburbio. Un mundo de edificios altos y olor a cemento seco. Pantallas gigantes y redes de comunicaciones. El brillo de los faroles nocturnos lo enamoraba. A veces veía una rata y se acordaba del barrio con nostalgia. Le gustaba andar a la moda, de saco negro y boina beige. Lentes solo para hacer facha. Y en ese mundo nuevo había todo por descubrir. El mediano Héctor escuchaba religiosamente las enseñanzas de sus mentores. “Nunca confíes en nadie”, “Ante todo, cuida tus espaldas”. Todo era para su propio bien. El Yuyo y el Pelado eran como sus verdaderos padres. El mediano Héctor los admiraba. El Yuyo era el más compinche, el Pelado era más serio. Los dos se complementaban, y el mediano Héctor aprendía de ellos.
En la ciudad todo era más fácil, de la mano del prestigio los amigos se hacían más rápido. La rutina empezaba cuando la luna salía. Zapatos lustrados y guantes blancos. Los trabajos que le encargaban al principio eran menores. Asistencia en algún robo. Amenazas. Todo era parte del trabajo del mediano Héctor. Algunas veces iba con el Yuyo. Siempre la pasaba bien con el Yuyo. Cuando ya agarró experiencia le daban trabajos más serios. Y ahí el mediano Héctor iba con el Pelado. Los chistes no frecuentaban. Las limpiezas si. El prestigio iba en aumento junto con la aceptación y las mujeres. El mediano Héctor sabía poco y nada del sexo opuesto y su torpeza no se podía disimular. Se ruborizaba, temblaba. Tampoco comprendía como se generaban los lazos afectivos en la ciudad. Sus nuevos amigos, Rolo y el Negro, eran demasiado amistosos y casi no los conocía. El mediano Héctor trató de pensar en todos como una gran banda de amigos, como la del pequeño Héctor, pero rápidamente se dio cuenta de que las reglas eran otras. A veces se sentía incomodo y el desarraigo lo hizo lagrimear un par de veces. El mediano Héctor estaba acostumbrado al barrio suburbano. Todavía se acordaba de las canicas de la banda del pequeño Héctor y a veces los extrañaba. Pero el barrio quedó atrás y la gran ciudad era su nueva morada. Los miedos eran frecuentes pero, con el Yuyo y el Pelado, el mediano Héctor se fue liberando. Y entró en el mercado de vicios. El poder junto a las responsabilidades y a la plata. La culpa venía sola y se alojaba en un rincón de su conciencia, casi no la sentía. Lo apodaban El Chacal. Aprendió a tener nervios, aprendió a estresarse y a ser agresivo, pedante. Se aprovechaba de su situación, se creía Gardel. Y en medio de toda esa locura urbana, en un bar de mala muerte, conoció a Blanca, el amor de su vida. Todos los viernes a la noche ella se vestía para matar y el murió en el primer momento que la vio. Y no descansó hasta que no le dio bola. Cabeza dura, le decía la vieja. Al principio iba a verla y ella lo trataba con indiferencia, como uno más. “Salí de acá, pibe” le decía Blanca. Pero a la larga, Blanca se encariñó del muchacho testarudo. Veía el pequeño Héctor suburbano que el mediano ocultaba en la gran ciudad. Blanca le enseñó cosas que él no aprendió ni de sus padres, ni del Yuyo, Rolo, el Negro o del Pelado. Héctor se enamoró de esa chica que conoció en ese bar de mala muerte. Y maduró. La hijita, Delia, no tardo en llegar y Héctor grande se replanteó todo.
El Héctor grande empezó a ver que la culpa ocupaba cada vez más lugar en su conciencia. Era difícil sacarse la sangre de las manos y los gritos de la cabeza. Ya no quería hacer más trabajos. Los edificios altos ahora lo asfixiaban. Las influencias del Yuyo y el Pelado ya no eran tan fuertes como la de Blanca. Ni los hipócritas del Rolo y el Negro lo hacían sentir seguro. Blanca sabía de la situación de Héctor grande y lo compadecía. Héctor grande se arrepintió de muchas cosas. No quería una vida violenta en la ciudad, quería tranquilidad para su nueva familia, una familia de verdad. Quiso salirse y no lo dejaron. El Héctor grande tuvo que soportar el peso de sus acciones pasadas. El Yuyo y el Pelado veían con malos ojos las dudas del Héctor grande. Blanca le rogaba que se escapara con ella y Delia, pero el Héctor grande se negaba. Era demasiado peligroso intentar algo así, el Héctor grande pensaba. Pero su alma pagaba el precio. El Héctor grande se hundía en la miseria. Alguna vez se escuchó esa dulce melodía de llanto atragantado, entonada por el desdichado padre de familia. Blanca estaba nerviosa todos los días, el Héctor grande soportaba cada vez menos su vida en la gran ciudad. Delia crecía y el Héctor grande tenía que elegir entre la seguridad de su familia y la posibilidad de una vida despojada de las consecuencias de su trabajo. Capaz lo irracional se apoderó de su razonamiento, o tal vez fue la decisión más acertada, lo cierto es que el Héctor grande decidió escapar de una vez de la tormenta en la que se encontraba inmerso. El Héctor grande pensaba en lo que era mejor para su familia. Los lujos de una vida violenta no se comparaban con la sencillez de una vida sin remordimientos ni paranoia.
Fue una noche de otoño que el Héctor grande armó las valijas y se rajó para la casa de los viejos, al barrio en el que el pequeño y mediano Héctor supieron vivir alguna vez. Blanca le odió por no ser parte de la decisión pero no hizo mayor esfuerzo por quedarse en la gran ciudad. El Héctor grande poco sabía de la consecuencia de sus actos y se sorprendió al ver a sus viejos sorprendidos y disgustados de ver a su hijo. Ya no había pasta en los domingos con rico olor a tuco, ni pelotas de media con la banda. La banda se desintegró hacía ya tiempo. La verdulería había desaparecido hacía rato. Las casas estaban viejas y los mercados habían penetrado el entorno único. Blanca les rogó a los viejos del Héctor grande que lo alberguen en su casa por un tiempo. Pero la herida de los viejos era profunda y el reproche al hijo estuvo cargado de sentimientos contradictorios. Abundaron esa noche los insultos de un padre desilusionado del presente del Héctor grande. Decepcionado el Héctor grande se fue de su barrio con el mismo sabor amargo con el que se fue por primera vez. Blanca consiguió de un primo una pequeña casa alejada de todos, en la llanura de las pampas húmedas. El Héctor grande supo que el poder era algo más de lo que el podía manejar y ni autoridad tenía en su propia familia. Las persecuciones del yuyo y del pelado eran de esperarse. El Héctor grande aprendió muchas cosas en la gran ciudad, como borrar sus huellas. La calma sobrevino. La casa era algo sencillo pero bastaba para estar un tiempo. El Héctor grande tenía ahorros para unos meses, pero él no podía ir a buscar la plata. Conocía bien a sus ex colegas, no se la iban a dejar pasar. Eran buenos de amigos, pero bien sabía como eran de enemigos. El Héctor grande se cuidaba. Miraba para todos lados cuando la plata hacia falta y la gran ciudad lo llamaban para algún trámite. Blanca y Delia se mantenían cautivas. Lo único que lo sacaba de su paranoia era una muñequita color uva, que le había regalado su abuelo. El testimonio de un pasado todavía vivo en el Héctor grande. Todos los días le daba la muñequita a la pequeña Delia para que tuviera un ratito de felicidad, y el Héctor grande pudiera sentirse parte de ese momento.
Los meses pasaron y la calma sobrevino. Blanca ya se había tejido dos frazadas, pero mucho para hacer no había, en esa casa, y el fantasma todavía recorría las cabezas de los padres de la pequeña Delia. El Héctor grande sabía que esa situación no podría durar demasiado, en algún momento lo iban a encontrar y no se la iban a perdonar. Y así fue una noche de invierno que llamaba a la tempestad. La frágil estrategia fue descubierta. El Héctor grande volvía a su casa con la plata de la semana, pero no advirtió que los sicarios se habían disfrazado de gente común, como alguna vez supo hacer él. Las primeras gotas cayeron. Las ráfagas se hicieron oír. La tormenta no tardó en llegar. La sangre se aplastaba en el camino de tierra mojada. Los huesos se rompían al compás de la golpiza. Los gritos de Blanca se perdían en los relámpagos de la noche. El Héctor grande se desvanecía. Se preguntó por Delia, se preguntó por Blanca. Se arrepintió de él y de su historia. Pensó en la muñequita color uva y del abuelo. Y de la villa miseria del abuelo. Y de lo que le decía el abuelo cuando el pequeño Héctor todavía no entendía el mundo. Nadie puede escapar de la tormenta.