Son las 11:40 y estoy contando los minutos para que termine la hora. Estoy harta de los gritos de la vieja peluda que nos dice que no sabemos nada y que ninguno llegará a la universidad.
- Vissani – gritó Cristina López, la odiosa de matemática
- ¿Si? – contesto
- Pase a hacer el ejercicio 15 B al pizarrón
Giro y le pido a Ariel que me pase su hoja. Al mismo tiempo que abro los ganchos de la carpeta para sacar la hoja suena el timbre. Sin levantar una sola silla, desaforados como ganado salen todos corriendo, me empujan y las hojas de la capeta de Ariel tapizan el piso. Me quedo juntándolas y sacando con goma de borrar los pisotones. Para cuando termino de restaurar la carpeta el recreo finaliza. Vuelvo a mi asiento y llega el profesor.
Paula le trajo al profe los prometidos cañoncitos de dulce de leche que hace su panadería. Una familia de gigantescas moscas se posan sobre la bandeja. Paula se acerca y le da la bandeja a Luís. Muy contento agarra un cañoncito le da un tarascón y con la boca llena de dulce de leche le da un beso en la mejilla a Paula diciéndole gracias. Mientras la besa, la rodea con un brazo, mientras la otra mano sostiene los cañoncitos, e intenta levantarla pero Paula es muy gorga y fea como para que el profe pueda levantarla así. Me acerco al hombro de Lara y le susurro en el oído todo lo chupamedias y fea que me parece Paula y agrego “no la va a aprobar porque le traiga esos mazacotes asquerosos”.
El aula va retomando la calma post-recreo. Todos se sientan. Y Luís con una sonrisa radiante de felicidad nos saluda y ofrece los dos cañoncitos que quedan en la bandeja. Todos agradecemos pero nadie acepta. Se sienta y dice “que tímidos”. Con las manos, llenas de dulce de leche e intentando no enchastrarlo por todos lados, intenta acomodar el suéter sobre el respaldo de la silla. Unos lunares quedan sobre el abrigo color maíz y dan de comer a dos de las moscas de la manada. El resto de las moscas continúa sobrevolando la bandeja que está a la derecha del profe sobre el pupitre. Cada tanto mueve su mano derecha, como intentando espantarlas pero las moscas parecen haber quedado estaqueadas sobre el pastoso y denso dulce de leche “Richard” de la panadería de la gorda de Paula.
El profe comienza a explicarnos los motivos del atentado a las Torres Gemelas, las consecuencias, el pasaje de la sociedad tradicional a la modernidad y un montón de cosas más, mientras su mejilla derecha sigue matizada de dulce de leche. No puedo concentrarme en lo que dice porque no puedo dejar de ver las manchas. Mis ojos están hipnotizados por la mejilla derecha de Luis, las gotas de dulce de leche y las moscas. Cada tanto él se las espanta y se golpea un poco a sí mismo.
No puedo dejar de mirarle las manchas fijamente. Él no se asombra de que lo mire tan intensamente. A veces me avergüenzo un poco por Rodrigo porque desde el banco de atrás me pincha con el portaminas. Le encanta molestarme, por lo que de vez en cuando me canso y libero un insulto. Luís me mira y me dice “¡FLO!”, entonces me avergüenzo de que me llame la atención y tengo que dejar de mirarlo. Pero cuando pasa mucho tiempo sin que lo desnude con la mirada él busca que lo mire, y me mira intensamente como yo lo miro a él; entonces logra que lo vuelva a mirar y cuando lo hago él recobra la tranquilidad y sigue dando la clase para todos.
Lo bueno es que siempre encuentro una excusa: ese día son las moscas, el dulce de leche; pero a veces digo que lo miro porque lo que él dice es tan, tan interesante; siempre encuentro algo. Otra vez fue porque se sacó los lunares de la cara. Fue muy impactante: entro con la cara llena de yodo y gasitas pegadas con cintas. Por un momento mi corazón latió tan fuerte, del susto. Me acerqué discreta y le pregunté qué le había paso, él muy relajado me contó que se había sacado los lunares de viejo que le estaban tapando la cara y se rió fuerte, como se ríe siempre, como una bestia. Avergonzada por la risa me fui disimuladamente a sentar antes que alguien lo notara. A los días cuando vino sin los apósitos mis ojos empezaron a extrañar ese terreno irregular que revestía su cara. Mis ojos ya tenían un recorrido pautado: comenzaba por las Toper´s y finalizaba en su cara. Al transitar por su cara debía vencer los obstáculos de cada una de sus elevaciones, ahora ya no estaban eran espacios más blancos donde la piel se pone más brillosa, suave y delicada.
Me gustaría tocar su pelo. Me irrita un poco pensar que alguna mano femenina, que no es la mía, recoge su pelo cada día y le coloca esas coloridas colitas. Un día vino con una colita fucsia, estaba segura que se la había puesto una de las chicas de su casa, sin importarme si había sido su mujer o su hija de solo pensarlo la piel se me erizó de bronca y celos; y de manera bastante caprichosa e insolente cuando se sentó le pedí que se soltara el pelo. Y se lo soltó. Sacudió su cabeza de izquierda a derecha y preguntó “¿cómo me queda?”. Todos se rieron, inclusive Rodrigo por lo que le pegué una patada tan, pero tan fuerte que la marca le duró un montón de días. Me daba mucha bronca que se rieran, porque le quedaba hermoso y porque lo había hecho para mí. Parecía un león de cabellera exótica: dorada y gris, con abundancias aisladas y baches sectorizados.
Odio mucho a mis papas por no haberme fabricado en una fecha de modo que naciera en época escolar. Uno de enero, un espanto. Nunca recibiría el abrazo y el beso que Luís regala en los cumpleaños, por lo que tendré que ser muy ingeniosa para encontrar motivos para tocarlo. Me jugó a favor ser bajita porque al ser él tan alto siempre que me ve por los pasillos, o la cantina me hace una caricia en la cabeza y me dice “Hola Flo” y a mi me encanta, nadie más me dice Flo.
- Vissani – gritó Cristina López, la odiosa de matemática
- ¿Si? – contesto
- Pase a hacer el ejercicio 15 B al pizarrón
Giro y le pido a Ariel que me pase su hoja. Al mismo tiempo que abro los ganchos de la carpeta para sacar la hoja suena el timbre. Sin levantar una sola silla, desaforados como ganado salen todos corriendo, me empujan y las hojas de la capeta de Ariel tapizan el piso. Me quedo juntándolas y sacando con goma de borrar los pisotones. Para cuando termino de restaurar la carpeta el recreo finaliza. Vuelvo a mi asiento y llega el profesor.
Paula le trajo al profe los prometidos cañoncitos de dulce de leche que hace su panadería. Una familia de gigantescas moscas se posan sobre la bandeja. Paula se acerca y le da la bandeja a Luís. Muy contento agarra un cañoncito le da un tarascón y con la boca llena de dulce de leche le da un beso en la mejilla a Paula diciéndole gracias. Mientras la besa, la rodea con un brazo, mientras la otra mano sostiene los cañoncitos, e intenta levantarla pero Paula es muy gorga y fea como para que el profe pueda levantarla así. Me acerco al hombro de Lara y le susurro en el oído todo lo chupamedias y fea que me parece Paula y agrego “no la va a aprobar porque le traiga esos mazacotes asquerosos”.
El aula va retomando la calma post-recreo. Todos se sientan. Y Luís con una sonrisa radiante de felicidad nos saluda y ofrece los dos cañoncitos que quedan en la bandeja. Todos agradecemos pero nadie acepta. Se sienta y dice “que tímidos”. Con las manos, llenas de dulce de leche e intentando no enchastrarlo por todos lados, intenta acomodar el suéter sobre el respaldo de la silla. Unos lunares quedan sobre el abrigo color maíz y dan de comer a dos de las moscas de la manada. El resto de las moscas continúa sobrevolando la bandeja que está a la derecha del profe sobre el pupitre. Cada tanto mueve su mano derecha, como intentando espantarlas pero las moscas parecen haber quedado estaqueadas sobre el pastoso y denso dulce de leche “Richard” de la panadería de la gorda de Paula.
El profe comienza a explicarnos los motivos del atentado a las Torres Gemelas, las consecuencias, el pasaje de la sociedad tradicional a la modernidad y un montón de cosas más, mientras su mejilla derecha sigue matizada de dulce de leche. No puedo concentrarme en lo que dice porque no puedo dejar de ver las manchas. Mis ojos están hipnotizados por la mejilla derecha de Luis, las gotas de dulce de leche y las moscas. Cada tanto él se las espanta y se golpea un poco a sí mismo.
No puedo dejar de mirarle las manchas fijamente. Él no se asombra de que lo mire tan intensamente. A veces me avergüenzo un poco por Rodrigo porque desde el banco de atrás me pincha con el portaminas. Le encanta molestarme, por lo que de vez en cuando me canso y libero un insulto. Luís me mira y me dice “¡FLO!”, entonces me avergüenzo de que me llame la atención y tengo que dejar de mirarlo. Pero cuando pasa mucho tiempo sin que lo desnude con la mirada él busca que lo mire, y me mira intensamente como yo lo miro a él; entonces logra que lo vuelva a mirar y cuando lo hago él recobra la tranquilidad y sigue dando la clase para todos.
Lo bueno es que siempre encuentro una excusa: ese día son las moscas, el dulce de leche; pero a veces digo que lo miro porque lo que él dice es tan, tan interesante; siempre encuentro algo. Otra vez fue porque se sacó los lunares de la cara. Fue muy impactante: entro con la cara llena de yodo y gasitas pegadas con cintas. Por un momento mi corazón latió tan fuerte, del susto. Me acerqué discreta y le pregunté qué le había paso, él muy relajado me contó que se había sacado los lunares de viejo que le estaban tapando la cara y se rió fuerte, como se ríe siempre, como una bestia. Avergonzada por la risa me fui disimuladamente a sentar antes que alguien lo notara. A los días cuando vino sin los apósitos mis ojos empezaron a extrañar ese terreno irregular que revestía su cara. Mis ojos ya tenían un recorrido pautado: comenzaba por las Toper´s y finalizaba en su cara. Al transitar por su cara debía vencer los obstáculos de cada una de sus elevaciones, ahora ya no estaban eran espacios más blancos donde la piel se pone más brillosa, suave y delicada.
Me gustaría tocar su pelo. Me irrita un poco pensar que alguna mano femenina, que no es la mía, recoge su pelo cada día y le coloca esas coloridas colitas. Un día vino con una colita fucsia, estaba segura que se la había puesto una de las chicas de su casa, sin importarme si había sido su mujer o su hija de solo pensarlo la piel se me erizó de bronca y celos; y de manera bastante caprichosa e insolente cuando se sentó le pedí que se soltara el pelo. Y se lo soltó. Sacudió su cabeza de izquierda a derecha y preguntó “¿cómo me queda?”. Todos se rieron, inclusive Rodrigo por lo que le pegué una patada tan, pero tan fuerte que la marca le duró un montón de días. Me daba mucha bronca que se rieran, porque le quedaba hermoso y porque lo había hecho para mí. Parecía un león de cabellera exótica: dorada y gris, con abundancias aisladas y baches sectorizados.
Odio mucho a mis papas por no haberme fabricado en una fecha de modo que naciera en época escolar. Uno de enero, un espanto. Nunca recibiría el abrazo y el beso que Luís regala en los cumpleaños, por lo que tendré que ser muy ingeniosa para encontrar motivos para tocarlo. Me jugó a favor ser bajita porque al ser él tan alto siempre que me ve por los pasillos, o la cantina me hace una caricia en la cabeza y me dice “Hola Flo” y a mi me encanta, nadie más me dice Flo.