Tan imponente a la vista parece, con sus largas patas delgadas. Un lánguido cuello por encima de sus hombros denota la altura como un pedestal. Qué admiración, es casi imposible que pierda la cordura, es casi imposible que muestre temor. Mas fué aquel tiempo, lo ví por primera vez en su depresión. El terror, el pánico, la desesperación sucumbían aquella gran masa de egolatría. Ni defenderse pudo, ni echar a volar al viento, fué como si el instinto no se lo permitiera. Solo llegó a hundir su pequeña cabeza sostenida por ese lánguido cuello en las profundidades de lo obsoleto, del suelo, del fondo. Y no podía entender porqué. Yo reía preguntándome qué lograba solo cubriendo su cabeza, cuál sería la razón para no ocultar también el resto de su cuerpo. ¿Pensaría acaso que restringir su visión bastaría para defender la totalidad? Pero nunca lo supe, no solía hablar mucho sobre la cuestión, no era como cualquier otro.