Cada vez me convenzo más que este jugador va a quedar en la historia del fútbol. No sólo por la gran cantidad de goles que hizo, por los cuales estadísticamente ya se encuentra en el recuerdo obligatorio de hinchas y, sobre todo, de los periodistas que se encargan de mantener dichos datos, sino también por otras características de juego que lo hacen único.
Como hice referencia al principio, es inevitable hablar de su capacidad de anotar, principalmente porque casi todas sus virtudes se ven reflejadas en sus tantos. Tiene un gran olfato para saber dónde va a dirigirse una pelota, cómo van a moverse los defensores contrarios y, a partir de ello, colocarse instintivamente en el campo de juego. Esto hace que, cuando la pelota queda entre sus garras, sea muy difícil que falle de cara al arco rival.
Otras cualidades son, sin ninguna duda, su salto y su cabezazo. Y me refiero a ellas en forma conjunta porque, si bien se trata de acciones distintas, el fútbol, en muchas oportunidades, y este gran goleador, casi siempre, hacen que ambas vayan de la mano. Habitualmente, se lo puede ver en los partidos abalanzándose con la cabeza sobre el balón entusiasmado y, a veces también por ello, torpe y desesperadamente, atropellando lo que tenga a su alrededor, ladrándoles si es necesario.
Y es este entusiasmo el que me lleva a mencionar un tercer atributo, que es el hambre de triunfo que tiene. Se puede pensar que el haber conseguido un título puede calmar el apetito de éxito de cualquier jugador, sin embargo este artillero implacable se encarga de perseguir la victoria en forma constante, insatisfecha, y por esta voluntad cansadora, casi molesta, la termina alcanzando.
Todavía no se retiró de la actividad profesional. Cuando lo haga, de todas maneras, se mantendrá como fiel compañero del fútbol, y del gol, por supuesto.