martes, 6 de mayo de 2008

Sábado a la noche. Es el día preferido de la semana de Vanesa, el día en el que se descargan las tensiones del trabajo, el día en el que la noche se hace especial.
A las 9.30 p.m. empieza el ritual. Vanesa llena la bañadera con agua caliente. Las sales de baño, la espuma, y el tratamiento capilar no pueden faltar. Un baño de hora y media y ya son las 11.00 p.m. Vanesa se coloca una toalla en la cabeza y se pone su bata. Se dirige al espejo, y se sienta frente a él. Abre un frasquito de esmalte rojo y hace un movimiento vertical con el pincel sobre cada una de sus uñas, están tan prolijas que el color carmesí hace una combinación perfecta con sus largos dedos de pianista.
Los minutos pasan rápido y Vanesa tiene que cumplir con un horario, por lo que comienza a vestirse. La elección de la ropa de hoy es una remera negra con hombros descubiertos, del mismo color son el short y los tacos, pero para cortar un poco con la tonalidad oscura se coloca un cinturón colorado que marca su finísima cintura. Su pelo largo y extremadamente lacio ya está seco, Vanesa se peina y se coloca una flor en el costado derecho de la cabeza, luego toma un frasco Armani y se perfuma detrás de las orejas y las muñecas. Finalmente maquilla su rostro. Sus pómulos los pinta de rosado, sus ojos los delinea con un lápiz muy fino y a sus labios color escarlata sólo les coloca brillo. Ya está lista para salir. Toma su cartera de charol que combina con los zapatos y coloca en ella lo reglamentario: llaves, celular y billetera.
Baja por el ascensor y retoca su peinado. Mira el reloj y se da cuenta que es tarde por lo que sale volando de su casa. Pasa a buscar a su amiga Paula y juntas se dirigen hasta el boliche. El lugar en el que están es el mismo de todos los sábados, conocen a los dueños e ingresan sin hacer cola. El ambiente está muy oscuro, sin embargo Vanesa se orienta perfectamente y sabe localizar a sus presas. Se dirige junto a Paula al centro de la pista y ambas empiezan a bailar, hacen movimientos sensuales para llamar la atención de los hombres del boliche. Finalmente Vanesa conoce a un hombre, a Miguel. Como todos los sábados, se dirige a la barra y le pide a su chico que le compre una copa de vino, dos copas de vino, nueve copas de vino, y si fuera por ella succionaría muchas más, puesto que es su bebida preferida. Son las 5.00 de la mañana y ambas ya están ebrias. Aunque están sacando provecho de sus presas y se están divirtiendo lo suficiente se acerca la hora de irse. Acompañadas por sus muchachos salen del boliche. Ambas quieren manipularlos y seguir sacando provecho de ellos. Vanesa invita a Miguel a su cueva. Entran al living y se acomodan en el sillón preparados para brindar por haberse conocido. Vanesa pierde un arito. Se da vuelta y
se sienta en el piso para buscarlo. En ese mismo instante Miguel fija su mirada en la botella de vino. En la botella que había conocido esa noche, esa botella cuya figura es sinónimo de prefección. Atraído como si fuera la primera vez, no puede evitar tomarla de la boca y descorcharla. Baja su mano hasta el cuello. Le saca la etiqueta con una brutalidad sorprendente. La roza con sus dígitos de principio a fin. Descubre su textura. Vanesa intenta todo lo posible para evitarlo, utiliza todas sus fuerzas para separarlo pero no puede hacerlo. Desesperada grita esperando que alguien pueda ayudarla. Se están metiendo con lo más preciado que tiene y no puede hacer nada al respecto. Una vez terminada la tarea y satisfecha la sed, Miguel huye. A partir de esa noche ningún sábado volvió a ser igual.