Petete es su nombre, o por lo menos así lo llaman. Tiene el pelo crespo color caoba, su barba luce un tanto desprolija, es petiso pero robusto y por sobre todas las cosas roñoso. Como “El libro gordo de Petete” guarda historias por todas partes. Pasea por las calles de la ciudad, repartiendo diarios y revistas en cada una de las casas de sus clientes, y si puede, garronea alguna que otra comida. Ama las caseras, aunque cuando no consigue donde comer se las arregla en algún quiosquito o cantina.
Ni el frío, ni el calor, ni la lluvia, impiden que él haga su trabajo. Pareciera de hierro porque las enfermedades nunca han anclado en él. Cuando uno ve venir su figura redonda, con movimientos algo sinuosos, como si viniera al galope, ya sabe quien es, es Petete el diarero. “¡Petete!”, le grita la gente; al mismo tiempo que él contesta con un ladrido, “¡adiós amigo!”; sin mirar siquiera quién lo está saludando. Nadie puede decir que no lo conoce, está desde hace ya mucho tiempo por todos lados.
Consigue de vez en cuando alguna changuita para aumentar su capital económico aunque no saca grades diferencias. La vida no le ha sido fácil, pero ha sabido ganarle a la desgracia, a la desgracia de haber nacido en la pobreza y con su trabajo ha logrado mantenerse. Así pasa sus días siendo amigo y fiel compañero de todo aquel que se acerque a hacerle alguna pregunta. Supongo que la soledad de no tener familia lo lleva a aferrase a cada gota de cariño que puedan derramar las personas que a su lado se encuentran. A pesar de su aspecto pulgoso, su hablar balbuceante, es querido por todos habitantes del lugar y reconocido como el personaje más trabajador y benigno de la ciudad.
Ni el frío, ni el calor, ni la lluvia, impiden que él haga su trabajo. Pareciera de hierro porque las enfermedades nunca han anclado en él. Cuando uno ve venir su figura redonda, con movimientos algo sinuosos, como si viniera al galope, ya sabe quien es, es Petete el diarero. “¡Petete!”, le grita la gente; al mismo tiempo que él contesta con un ladrido, “¡adiós amigo!”; sin mirar siquiera quién lo está saludando. Nadie puede decir que no lo conoce, está desde hace ya mucho tiempo por todos lados.
Consigue de vez en cuando alguna changuita para aumentar su capital económico aunque no saca grades diferencias. La vida no le ha sido fácil, pero ha sabido ganarle a la desgracia, a la desgracia de haber nacido en la pobreza y con su trabajo ha logrado mantenerse. Así pasa sus días siendo amigo y fiel compañero de todo aquel que se acerque a hacerle alguna pregunta. Supongo que la soledad de no tener familia lo lleva a aferrase a cada gota de cariño que puedan derramar las personas que a su lado se encuentran. A pesar de su aspecto pulgoso, su hablar balbuceante, es querido por todos habitantes del lugar y reconocido como el personaje más trabajador y benigno de la ciudad.