domingo, 21 de septiembre de 2008

Se está haciendo de noche y permanecí todo el día fuera de casa. Observo a la gente y me doy cuenta que todos parecen estar mucho más abrigados que yo, sin embargo no siento frío, de todos modos debo regresar. Evito Díaz Vélez, Franklin, pero al pasar por Machado me topo con una nueva verdulería. Empiezo a sentirme agitada, un sudor frío brota por mi frente y una repugnante sensación empieza a subirme desde el estómago hasta la cabeza al percibir ese odioso olor a fruto podrido. Mis manos empiezan a temblar e inmediatamente el más amargo sabor viene a mi boca; finalmente, mis desprotegidos huesos emiten un duro sonido al impactar contra el suelo. Intento levantar la cabeza y una bola de ruidos y gritos empiezan a invadirme dejándome totalmente inmóvil.
Me despierto pero antes de llegar a abrir los ojos una persistente punzada me tortura del lado derecho de mi cabeza, me toco y puedo sentir la sangre que llega hasta mi cuello. Abro los ojos, pero aun así no logro ver nada; por un momento, pienso que aun estoy dormida, que mis ojos en realidad no se han despegado. Me sacudo un poco y mis pupilas empiezan a acostumbrarse a la penumbra, por zonas veo grises y brillos. Estoy congelada por lo que puedo asegurar que llevo un buen rato sin ropa. Camino el lugar con los brazos en alto evitando toparme con las paredes. El piso es totalmente áspero, por momentos mis pies quedan tapados por algo que parece agua, aunque huele bastante peor. Desde donde sea que esté parada si me dirijo a la derecha el terreno esta mejor, no tropiezo ni me mojo. Me siento un rato porque me duelen los dedos de los pies de dar pasos en falso. Trato de mirar en todas las direcciones hasta que un fuerte grito me hace sobresaltar. Me dirijo en dirección al sonido, con las manos llego a tocar un metal muy frío, lo sigo por toda su extensión hasta que encuentro un trozo de metal que al correrlo deja asomar una cerradura. Nuevamente el fuerte grito y una terrible punzada me hace recordar mi herida. Me repongo y busco nuevamente la chapita que cubre la cerradura, miro a través de ella: con escasa luz se llega a ver una puerta enfrentada a la que estoy yo, pero apenas esta abierta lo suficiente para percibir algunas sombras. Los pasos suenan secos y toscos contra el suelo. La sombra se achica cada vez más y los pasos suenan cada vez más fuertes y próximos. Tras su resonante chillido la puerta deja ver unas piernas rústicas cubiertas por un pantalón oscuro que avanza y dos cuerpos totalmente ultrajados, cubiertos de sangre y sucios. Esfuerzo mi retina y llego a ver las bocas de los cuerpos algo naranja abunda dentro de ellas y aflora. Al instante el picaporte de mi puerta se baja y caigo golpeada por ella. Una voz masculina deja caer una pregunta:
-¿Tenés hambre?