domingo, 21 de septiembre de 2008

Color uva


Para llegar hasta el tambo había que atravesar una hilera de obstáculos. Sobre el pasto recién cortado se erguían dos casillas de madera con alambre tejido que encerraban picos y plumas escandalosas. Un poco más allá, cerca de la carretilla oxidada cubierta de telas de araña, un sauce lloraba sobre los cueros de vaca secados al sol y Delia, rubia de ojos color de miel, se asomaba por la ventana de la casa de tejas rojas, estridentes como el vestido que cubría su pequeño cuerpo blanquecino. Las mañanas, tardes y noches las pasaba encerrada en aquella casa en la que la máquina de coser repiqueteaba sin cesar y los aromas a mermelada le hacían arder la nariz cuando dibujaba paisajes en la mesa de la cocina. Sólo salía de allí con su padre, Ernesto, los días jueves después de comer los fideos a la pomarola, a acompañarlo a comprar el alimento para las vacas del tambo.
Sus ojos se encendían cada vez que veía llegar a su padre de la ciudad; le traía una muñequita de un color distinto de cada viaje en camioneta. Una Ford86 -la más nueva en cinco hectáreas- se jactaba Ernesto con sus peones durante la madrugada, mientras ordeñaban a los rumiantes.
Pero un día, Ernesto no volvió. Las horas pasaron y Delia, con la cara adherida al vidrio del ventanal, vio cómo el día se iba apagando lentamente. Pronto, el sol se plasmó en su blanca tez formando aureolas rojizas y anaranjadas cuando el sol comenzó a esconderse a lo lejos, insertándose como una moneda detrás del silo. Antonia, la madre, cosía con el ceño fruncido y se levantaba de vez en cuando a revolver la olla humeante de quinotos.
La noche se metió en la casa, cubriendo cada rincón y el frío del campo endureció la nariz que Delia mantenía apoyada a la ventana de vidrio macizo. Un rumor de motores cortó el silencio como una hoz filosa contra las cañas de bambú. Antonia se levantó sobresaltada de la poltrona de la cocina y corrió hacía la ventana, tirando a su paso las telas, el alfiletero de fieltro y la lata con los hilos. Delia posó sus ojos en la lata mientras descendía en el aire descubriendo un arcoiris de hilos y dejando entrever una muñequita color uva, la que le faltaba para completar su colección de muñecas de cristal. Tan pronto como el estruendo de metal contra el piso hizo eco en las paredes del caserón, Antonia ya había cerrado los postigones de la ventana, cubierto sus hombros con un sueter de lana vírgen y cerrado la puerta tras su paso.
Un pequeño haz de luz se asomaba por entre las rendijas del postigón que sofocaba los gritos de aquel tumulto de hombres. En un instante Delia olvidó su muñeca color uva, e intentó ver qué ocurría allí afuera en la oscuridad del campo, pero una luz intensa la encandiló. Por un momento sólo vio estrellitas de colores tan dispares como los hilos que seguían enmadejados en el piso. Luego, fraccionados por los listones de madera del postigón, consiguió distinguir un conjunto de hombres rodeando a otro que, subido a la caja de la camioneta de su padre, se retorcía de dolor. La piel se le erizó como nunca antes, cerró los ojos con fuerza y pensó en su padre, en los paseos en camioneta por el pueblo, en las trenzas que le hacía cada mañana, los lápices y juguetes que recibía en cada vuelta de su padre y volvió a abrirlos.
Esta vez sí vio lo que acontecía allí afuera. Antonia lloraba desconsoladamente sobre el cuerpo casi irreconocible de su padre que se retorcía en convulsiones. Llantos, gritos y murmullos cesaron y la luz se consumió junto con el sonido. Delia se paró sobre las puntas de sus pies desnudos, fijó la mirada en la oscuridad e intuyó el desenlace final.
Lentamente se alejó de la ventana, arrastró sus pies de porcelana por el suelo hueco de madera y, cautelosamente, recogió la muñequita color uva del suelo y se la guardó en el bolsillo del camisón.