Tomé las llaves con convicción, abrí la puerta y entré. Enseguida una fuerte corriente de aire se ocupó de cerrarla por mí, lo que me sobresaltó un poco porque no cualquier tipo de ráfaga empuja ese portón. No recordaba que la sala principal fuera tan pequeña, en realidad toda la casa se me hacía bastante más amplia. Sin embargo, cuando prendí las luces de la antigua araña el salón pareció recuperar un poco su tamaño. Ya oscurecía y, como siempre, las persianas semiabiertas y el pesado cortinado impedían que los últimos rayos de luz solar entraran. Me dirigí a las habitaciones cuando me sorprendió no encontrar la cabeza de ciervo del abuelo en la pared. Más me sorprendió verla sobre la mesa del salón ya descolgada. Las piezas, por el contrario, se mantenían intactas. En la de mis abuelos, por ejemplo, la cama seguía allí, sin hacer, y los medievales muebles se encontraban empolvados. La eterna silla mecedora al lado de una ventana entreabierta se movía tímidamente, el viento volvía a hacerme pasar un mal trago. Me senté por un momento sobre la cama para contemplar el cuarto, después de todo hacía tiempo que no pisaba el lugar. Para mi sorpresa, debajo del colchón, encontré un álbum familiar, el cual no pude tomar porque mis manos no respondieron. Mis piernas, en cambio, sí lo hicieron, impulsadas por el viento frío proveniente de la ventana entreabierta que las había convencido de abandonar la casa. El mismo molesto viento que me convenció también de venderla.
domingo, 21 de septiembre de 2008
Días de Cambio
Tomé las llaves con convicción, abrí la puerta y entré. Enseguida una fuerte corriente de aire se ocupó de cerrarla por mí, lo que me sobresaltó un poco porque no cualquier tipo de ráfaga empuja ese portón. No recordaba que la sala principal fuera tan pequeña, en realidad toda la casa se me hacía bastante más amplia. Sin embargo, cuando prendí las luces de la antigua araña el salón pareció recuperar un poco su tamaño. Ya oscurecía y, como siempre, las persianas semiabiertas y el pesado cortinado impedían que los últimos rayos de luz solar entraran. Me dirigí a las habitaciones cuando me sorprendió no encontrar la cabeza de ciervo del abuelo en la pared. Más me sorprendió verla sobre la mesa del salón ya descolgada. Las piezas, por el contrario, se mantenían intactas. En la de mis abuelos, por ejemplo, la cama seguía allí, sin hacer, y los medievales muebles se encontraban empolvados. La eterna silla mecedora al lado de una ventana entreabierta se movía tímidamente, el viento volvía a hacerme pasar un mal trago. Me senté por un momento sobre la cama para contemplar el cuarto, después de todo hacía tiempo que no pisaba el lugar. Para mi sorpresa, debajo del colchón, encontré un álbum familiar, el cual no pude tomar porque mis manos no respondieron. Mis piernas, en cambio, sí lo hicieron, impulsadas por el viento frío proveniente de la ventana entreabierta que las había convencido de abandonar la casa. El mismo molesto viento que me convenció también de venderla.