miércoles, 24 de septiembre de 2008

No sé Padre, yo le juro que no sabía que iba a pasar algo así, de haberlo sabido no espiaba. Está bien, yo le cuento, pero guarde piedad de mí Padre, prométame de antemano el perdón de Dios, de Jesús y del Espíritu Santo, y de la Virgen María que Dios la guarde en el cielo. Y disculpe si lloro, es que siento una culpa terrible; porque vi todo y no pude hacer nada. Está bien Padre, no quise, ¡porque no me animé! Y no quiero que la cobardía me hunda en el infierno por toda la eternidad.
Yo sospechaba que Pía se andaba viendo con uno de esos que ella conoce. Por que yo siempre la cuido como usted me dice Padre, entonces miro con quien anda, con quien se junta, pero siempre discreto y sin irrumpir su intimidad. Además cada vez que ve que ando cerca, viene y me dice que no la moleste con esas palabrotas que no puedo reproducir en frente suyo Padre, en la casa de Dios. Y ella no entiende que yo no la molesto, que la quiero cuidar, y rezo por ella por cada palabra indigna que se le escapa, para que Dios no la oiga, pero es inútil porque Él oye todo.
La cosa es que un día la vi con un chico que yo no conocía, segurísimo estoy que no es del barrio. Los vi de la mano, y se me puso la piel de gallina… de los celos Padre. ¡Perdón! Y la seguí. Es la primera vez que logro hacerlo tan bien, ella nunca se dio cuenta de que detrás de sus pasos se ubicaban los míos con total delicadeza. Entraron en el bar de Juana, ella se tomó un vaso de cerveza, y él en menos de dos minutos se tragó tres vasos de ginebra. Cuando salieron él la tomó por la muñeca y subieron al PH de Perla.
Entré a la casita sin problemas, y ellos ya estaban en el cuarto con la puerta cerrada. No había nadie además de nosotros tres y nadie más entraría después tampoco. La puerta no llegaba al piso, así que agarré un espejito y miré lo que pude medio torcido.
Él empezó a gritar y las palabras no le salían claras de la boca. Pía estaba apoyada contra la pared, las piernas cruzadas con fuerza, y llegué a ver sólo hasta las manos que agarraban el marco inferior de la ventana. Él se paró en frente de ella, bien pegados, no podía ver que hacían, pero ella gritaba llorando que la soltara.
Él estaba furioso y descontrolado, no sabía lo que hacía ni lo que decía, caminaba por toda la habitación como esquivando huevos, cada vez que lograba apoyar un pie se desplomaba el otro, y así todo el tiempo. No sé porqué Pía se quedaba quieta como una momia. En un momento se tropezó y cayó al suelo. Casi se me para el corazón, yo sólo rezaba Padre, suplicando que no me viera, y lo peor es que no pude quitar el espejo. Creo que me vio, pero estaba tan borracho y colérico que seguro no se dio cuenta. En ese rostro curtido, con facciones toscas y ceño fruncido, pude ver que su mirada era distinta, que no pertenecía a ese rostro, creo que se me presentó Dios en persona Padre, con toda su misericordia, pero sólo por un segundo, porque de repente su mirada encajaba con el resto de su cara enojada y amarga. Dios me estaba pidiendo que me quede Padre, no podía negarme a su pedido.
Pía seguía quieta con los pies inseparables con sus zapatillas rosas que a ella y a mí tanto nos gustan. Él se levantó como pudo y caminó hasta encontrarla. Separó lentamente las piernas de Pía con su pierna derecha y trataba de tocarla con la rodilla. Pía no se dejaba y lloraba, Dios le pedía que se resistiera y ella trataba, pero finalmente cedía, creo que lloraba por eso, ¿no, Padre?
Él se sacó el cinturón tan rápido que en un ademán podía ver la mitad del cuero color dulce de leche colgando a unos centímetros del suelo. Le pegó en el muslo y sé que ella gritó el dolor en silencio, no salió a través de su voz, pero yo la escuché Padre, ella intentaba ser fuerte, pero al final no podía y abría las piernas. Él le gritaba obscenidades, ella lloraba y yo me quedaba sin aliento Padre. Mordía mi mano libre de espejo para que no se deslizase por el cuerpo hasta llegar ahí abajo.
Vi de pronto que las babuchas negras de Pía cubrían sus zapatillas, y después vi caer los pantalones de él junto con sus calzoncillos. Con sus manos gruesas le quitó la bombacha que se iba enrollando a medida que bajaba. La giró violentamente y Pía soltó un grito desesperado Padre, había llegado al fondo del pecado, no conocía límites. Dios se interpuso en su camino con una prueba, para enseñarle que tiene que mantenerse firme, que ella debe elegir el camino del bien aunque a veces el camino del mal sea más fácil. Porque como usted dice Padre el pecado nos aleja de Dios, rompe nuestra relación con Él, por eso debemos luchar contra el pecado, y ella no luchó lo suficiente, no pudo como Jesús en el desierto. El diablo la estaba tentando a través de este siniestro hombre, que después de todo no era más que un servidor del mal y ella no podía dejar de pecar y yo creo que por eso gritaba y lloraba y repetía tantas veces que le dolía. Le dolía el pecado, ¿no, Padre? Y yo sólo veía como sus piernas iban y venían y como las piernas de Pía se contraían en vano. Y yo también lloraba en silencio, porque gocé del pecado de Pía Padre. Pía lloraba desesperada porque sabía que estaba pecando y no podía dejar de pecar, y a mi me pasaba lo mismo, la oía llorar mientras la penetraban y sentía que el cuerpo me ardía del placer Padre y me toqué, ¡me toqué! ¡Pido perdón al cielo por no haber podido renunciar al placer del cuerpo! El espíritu quiere pero la carne es tan débil, la biblia no miente Padre, y usted lo sabe mejor que yo. Y pido perdón por Pía también, porque ella no va a entender que Dios sólo estaba intentando hacer de ella una mejor persona. Sé que Pía no se va a confesar como yo, así que pido perdón por ella porque después de todo también se merece el cielo.
Arrojé el espejo y salí corriendo de la casa de Perla. Una vez afuera recordé que llevaba mi ropa a medio poner y sentí que Dios me miraba directamente desde el cielo Padre; no sabe la congoja y la angustia que eso me hizo sentir, no había una nube en el cielo y sentí que la luz del Señor todopoderoso me miraba con pena y decepción en toda su extensión en la tierra.
Espero que Dios me pueda perdonar Padre, estoy realmente arrepentido y yo sé que Pía en el fondo también pide perdón. Le prometo que no va a volver a pasar Padre y voy a rezar hasta quedarme sin voz y sin aliento para borrar mi pecado. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén. Nos vemos el domingo en misa Padre, que tenga buenas tardes.