domingo, 21 de septiembre de 2008

Escamas

Sinceramente no tenía ganas de ir a cenar con papá ese día. Había tenido una semana súper complicada y esa noche del viernes solo quería acostarme a dormir y no amanecer hasta que hayan pasado varias semanas. No tenía idea de cómo hacer para levantar ese dos, rojo y remarcado, que me había regalado la profesora de Historia ni tampoco sabía qué decirle a mamá cuando sonara el teléfono y del otro lado se escuchara una voz fría, ronca y oscura diciendo que su hija había alcanzado el límite de faltas.
Eran las nueve y media y ya no había forma de escapar. Escuché la bocina de papá y los gritos de mamá anunciando que me estaban esperando. Bajé las escaleras deseando que no llegaran nunca a su fin, rogando porque el mundo se dividiera en dos, justo en mi escalera, imposibilitando mi llegada al piso de abajo. Pero nada de eso ocurrió. Agarré mi saco, saludé a mamá y abrí la puerta con una sonrisa que ni yo me creí.
Papá estaba igual que siempre, contento de verme y emocionado porque según él cada semana que pasaba yo crecía más. A mi, eso me ponía de mal humor, medía un metro y medio y si crecía era solo hacia los costados. Entré en el auto y una pequeña bolsa plateada con un papel fucsia que se escapaba de su interior me estaba esperando. Sin decir nada la abrí y encontré el anillo que siempre había querido. Al menos alguien se acuerda de mí, pensé. Lo abracé, le agradecí y papá arrancó el auto.
Disfrazando el transcurso de mi semana para evitar cualquier enojo, nunca advertí que estábamos yendo hacia una dirección equivocada. Cuando papá estacionó el auto, lo miré confundida y escuché esa frase que, como una maldición, me acompañaría el resto de mi vida, “no te asustes, creo que es hora de que la conozcas”. En ese momento mi mente quedó en blanco, sentía una mezcla de enojo, impotencia y nervios que reprimía mis palabras. Pegué un portazo avisando que yo había llegado y me dispuse a hacerle entender a esa mujer que él era mi papá antes que su pareja.
Estaba parada en la puerta: dos ojos verdes que me miraban fijos tapaban una figura alta y delgada. Entré en la casa y tuve la sensación de ya haber estado en ese lugar. Era frío, húmedo y oscuro, muy oscuro. Tardé solo unos segundos en recordar aquél paseo al zoológico con papá. Estaba de vuelta ahí, en ese lugar donde a mis tres años supe lo que es tener miedo: el serpentario. La casa no me gustaba, parecía una cueva. Estaba llena de portarretratos con caras feas y desconocidas para mí, como las jaulas de vidrio de las tortugas o las iguanas. Nos sentamos a la mesa. Papá no paraba de hablar contándome cosas de esa mujer que él creía que me gustarían o me divertirían. Pero nada hacía efecto. Solo podía sentir esos ojos verdes clavados en mí y una risa falsa que me ensordecía. Se movía igual que la serpiente que vi aquella vez. Tenía movimientos lentos pero firmes, parecía tener todo calculado y estar esperando el momento justo para atacarme. Me observaba y estaba atenta a todo lo que yo hacía. Trataba de engañarme, de seducirme con su juego para luego estrangularme y sacarme de la vida de mi papá. Quería salir corriendo, como aquella vez dentro del serpentario. Sentía que me faltaba el aire y quería llorar. Recordé que en esa ocasión papá me había rescatado del animal. Pero esta vez no podía ser igual. Traté de tranquilizarme y tomar dominio de la situación. Ya no tenía tres años y podía darme cuenta de que yo estaba al otro lado del vidrio. Los intentos de ese reptil sentado a la mesa para intimidarme, atemorizarme o impresionarme ya no me asustaban; sabía que estaba encerrada en su jaula y papá y yo la observábamos.