Papá me trajo al zoológico. Solo tengo tres años, y como hay animales que no conozco, me cuenta todo lo que sabe: donde viven, que comen, como se llaman. Mi papá sabe un montón y es muy divertido pasar la tarde juntos. Caminamos por todo el zoológico, le damos de comer a los ciervos y después papá me compra uno de juguete en el puesto de regalos. Los ciervos me gustan, se dejan acariciar y te hacen cosquillas en la mano con su hocico cuando les das de comer. Son lindos.
Seguimos paseando, vemos cebras, leones y unos osos polares enormes nadando panza arriba en la pileta de su jaula, también entramos al serpentario.
Es un lugar muy oscuro, frío y húmedo. Parece una cueva, hay jaulas de vidrio muy grandes .En algunas hay unas tortugas un poco mas pequeñas que yo, se mueven muy despacio y tienen cara de viejas. Este lugar no me gusta. En otras hay unos lagartos pequeños con la cola muy larga. Papá dice que se llaman iguanas. La jaula central esta vacía: solo hay un tronco y unas piedras. Me acerco para ver mejor y nada, entonces papá, observando mi desconcierto ante la jaula vacía me dice “esta en el piso” .Y era cierto, ahí estaba: arrastrándose en el suelo de la jaula, zigzagueando lentamente. Su cabeza era plana, tenía sus pequeños ojos rojos clavados en mí y no paraba de sacar la lengua produciendo un sonido ensordecedor. Se movía lenta pero firme, con toda la fuerza de su cuerpo, sus movimientos parecían absolutamente calculados y cada tanto golpeaba el vidrio de la jaula con su cabeza. Ahí estaba, enfrente mío observándome y golpeando el vidrio cada vez con más fuerza. Supe que no estaba nada feliz. El ruido de los golpes era cada vez más fuerte y yo sentía que en cualquier momento el vidrio se iba a partir y aquella serpiente iba a saltar sobre mí.
No me podía mover, la sentía respirar y con cada golpe estaba cada vez más cerca mío. Quería salir corriendo y no podía moverme, cada vez me faltaba más el aire. Estaba congelada, quería llorar, gritarle a papá que nos fuéramos de ahí y no podía hacerlo.
Afortunadamente en esos años mi padre era para mí una especie de superhéroe y al darse cuenta de mi estado de pánico, me levantó en brazos y salimos en silencio.
Me pregunto si me había asustado y entre llantos solo alcancé a asentir con la cabeza. Me dijo que era normal, que todos le teníamos miedo a algo, que no se podía ser como Juan sin miedo. Me abrace fuertemente a mi padre y seguimos paseando, después de un rato el asunto de la serpiente ya era cosa del pasado.
Seguimos paseando, vemos cebras, leones y unos osos polares enormes nadando panza arriba en la pileta de su jaula, también entramos al serpentario.
Es un lugar muy oscuro, frío y húmedo. Parece una cueva, hay jaulas de vidrio muy grandes .En algunas hay unas tortugas un poco mas pequeñas que yo, se mueven muy despacio y tienen cara de viejas. Este lugar no me gusta. En otras hay unos lagartos pequeños con la cola muy larga. Papá dice que se llaman iguanas. La jaula central esta vacía: solo hay un tronco y unas piedras. Me acerco para ver mejor y nada, entonces papá, observando mi desconcierto ante la jaula vacía me dice “esta en el piso” .Y era cierto, ahí estaba: arrastrándose en el suelo de la jaula, zigzagueando lentamente. Su cabeza era plana, tenía sus pequeños ojos rojos clavados en mí y no paraba de sacar la lengua produciendo un sonido ensordecedor. Se movía lenta pero firme, con toda la fuerza de su cuerpo, sus movimientos parecían absolutamente calculados y cada tanto golpeaba el vidrio de la jaula con su cabeza. Ahí estaba, enfrente mío observándome y golpeando el vidrio cada vez con más fuerza. Supe que no estaba nada feliz. El ruido de los golpes era cada vez más fuerte y yo sentía que en cualquier momento el vidrio se iba a partir y aquella serpiente iba a saltar sobre mí.
No me podía mover, la sentía respirar y con cada golpe estaba cada vez más cerca mío. Quería salir corriendo y no podía moverme, cada vez me faltaba más el aire. Estaba congelada, quería llorar, gritarle a papá que nos fuéramos de ahí y no podía hacerlo.
Afortunadamente en esos años mi padre era para mí una especie de superhéroe y al darse cuenta de mi estado de pánico, me levantó en brazos y salimos en silencio.
Me pregunto si me había asustado y entre llantos solo alcancé a asentir con la cabeza. Me dijo que era normal, que todos le teníamos miedo a algo, que no se podía ser como Juan sin miedo. Me abrace fuertemente a mi padre y seguimos paseando, después de un rato el asunto de la serpiente ya era cosa del pasado.