viernes, 22 de agosto de 2008

Aparición

El acecho, la observación, la vigilancia y el asedio. El Gran Hermano de Orwell. Eso percibía cada vez que entraba en ese cuarto. Me sentía observada, perseguida por un ser indescriptible que habitaba en un agujero, vestigio de algún arreglo en el techo de aquella casa.
El olor de un cuerpo en descomposición emanaba de allí. El hedor pútrido y la humedad del ambiente convertían a esa habitación en una atmósfera inhabitable. Ese lugar desagradable despertaba en mi el más profundo de los rechazos y era al mismo tiempo un gran enigma. La intriga de lo que no se conoce, la atracción de lo inescrutable.
Mis fosas nasales, aparentando ser las de Jean-Baptiste Grenouille, se movían en dirección a ese abertura oscura cada vez que merodeaba por aquella vivienda en la búsqueda del olor familiar.
Un día mi imaginación se trasladó hacia límites insospechados. Rondando aquella casa me encontré entrando otra vez en aquel cuarto. Mientras daba vueltas sintiendo la presencia tras de mi, vislumbré un trozo de tejido con pústulas y uñas renegridas que se asomaba por el orificio y trataba de asirme por el hombro. Corrí velozmente en dirección a la puerta y atravesé el umbral de aquella casa.
Aún hoy recuerdo aquel momento y se me eriza la piel. No volví a ver el agujero pero el perfume del horror continúa en mi mente hasta el día de hoy.