lunes, 25 de agosto de 2008

Escondidas


Era una tarde de invierno. Refugiándonos de la lluvia y el frío, mis amigos y yo decidimos entrar a través de una ventana rota a una casa abandonada que se escondía entre los árboles. Era inmensa, solo en la planta baja contaba con ocho cuartos, tres baños, la cocina y un gran salón. Estaba todo muy sucio, hacía tiempo que nadie entraba allí. El frío atravesaba las paredes y se apoderaba del lugar. En el medio de uno de los cuartos, se encontraban los restos de lo que habría sido una cama de metal. Una lámpara caía del techo intimando a quien quisiera reposar allí y de dos de las paredes colgaban cadenas que se mostraban ansiosas por atraparnos. A mis diez años solo pude comprender que algo malo había ocurrido en ese lugar porque el miedo, los gritos, la desesperación, la crueldad, la injusticia, el dolor y la muerte se sumergieron en mí y el terror recorrió todo mi cuerpo.
Afuera la lluvia era cada vez más fuerte por lo que decidimos quedarnos dentro de la casa. Para olvidar el lugar siniestro en el que estábamos, la mejor opción fueron las escondidas. Nos agrupamos en parejas y teníamos dos minutos para escondernos. En mi intento por demostrar que no le temía a nada, le propuse a mi compañero que vayamos al segundo piso, donde no nos buscarían. Él se asustó y decidió no ir, sin embargo, eso no me detuvo. Subí cuidadosamente las escaleras de mármol evitando hacer ruido y entré en la primera puerta abierta que encontré.
Mi cuerpo se paralizó, en la habitación no había nada más que sus ojos y yo. El único ruido que se escuchaba era el latido de mi corazón que cada vez era más fuerte. Dentro de mi cabeza surgieron incontables ideas para escapar de allí, pero mi cuerpo estaba quieto y no respondía a mis órdenes. Ella fijó su mirada amenazante en mí y pude ver la furia con la que me observaba. Fueron segundos interminables. La lluvia golpeaba la ventana y la noche se acercaba. Ella permanecía inmóvil sobre el mueble. Era blanca, grande, con el pico filoso y sus garras preparadas para atacar. Corrí a gran velocidad y en mi cabeza solo resonaba la idea de escapar de ese lugar. Una vez afuera, seguí corriendo, sentí que escaparme del encierro no me liberaba del miedo: los ojos de la lechuza estaban dentro de mí y me observaban a cualquier lugar donde vaya.Nunca volví a ese lugar. En los últimos años lo aseguraron de manera tal que nadie pueda entrar allí. Sin embargo, la mirada del animal aun se conserva en mi interior, trata de impedir que olvide lo que vi y sentí dentro de esa casa y hacerme saber que quienes sufrieron allí nunca cedieron en su lucha y siguen reclamando justicia.