jueves, 6 de noviembre de 2008

Se le abrió un agujero en el pecho, como quien dice quedó a corazón abierto. No fue algo de afuera para adentro por lo que no se necesitó cirujano con bisturí, sino más bien fue algo interno. Los músculos se relajaron, las distintas capas de epidermis no ofrecieron resistencia y partiendo de un sutil desgarro llegó al diámetro actual. Esto fue consecuencia del caudal de agua que empezó a fluir a través del hueco, de esa gran marea que estalló la piel y comenzó a correr. El caudal no se detuvo por mucho tiempo, en un principio era salado y de fuerte oleaje pero a partir que la espuma fue desapareciendo, con ella lo hizo la potencia, la fuerza, lo amenazante del mar. La corriente se apaciguó gradualmente, tomó un sabor dulce, característico del río. Uno al que se le sigue teniendo respeto por poseer vertientes y remolinos. Pero el flujo de agua no se detuvo, seguía saliendo por el agujero y ahora se convertía en un lago. Uno profundo por lo que sus aguas se mantienen frías, pero un lago al fin: estático y pasivo. De ese mar no queda nada, sus luchas se perdieron en algún arrecife, el triunfo desapareció quizás en un naufragio, la resistencia no tiene lugar en el lago que es ahora. El agujero empezó a contraerse nuevamente, ahora queda sólo una grieta. El deseo de libertad se pierde en este mar desarmado.